La esencia de una semilla

Érase una vez un lugar llamado Plantesca, en donde reinaba la vida vegetal caracterizada principalmente por grandes árboles que sonreían al ver a los turistas pasar por su jardín; el cual mostraba la belleza y la inocencia de cada planta al despertar en la mañana. Muchos de estos árboles observaban con tímida mirada, como si estuviesen espiando a cada uno de sus visitantes, haciendo de este lugar un sitio misterioso para todos los que estuviesen allí.
Con la venida del nuevo año, muchos de los botánicos que allí trabajaban estaban ansiosos por las plantas que iban a llegar del extranjero, principalmente de las viejas tierras españolas. Con esto se sumaba el deseo de los nuevos y viejos árboles que allí abundaban, de ver cuál era la diferencia entre de las plantas que allí habían con las que iban a traer, con el fin de acabar con sus curiosidades de años anteriores.
Entre muchos de estos árboles existía un viejo samán que no dejaba de esconder esas raíces a la deriva y cabello retorcido, que deslumbraban a todos los turistas que allí paseaban con sus familias. Pero dentro de su mundo vegetal era considerado sólo Samú "el sabio de los sabios", que luego de años y años transcurridos, sólo le quedaba esperar la hora en que su semilla se desvaneciera, que sus hojas cayeran como gotas de agua en los charcos de las avenidas y que sus raíces dejasen de crecer hasta no quedar nada que lo reconociese.
Pero un día, no muy lejano, en que todos los botánicos se preparaban para recibir a las nuevas plantas que iban a traer del extranjero, una voz muy dentro de él le decía que ya era hora de cambiar la percepción del mundo, que ya era hora de liberar esas opresiones que los separaban del mundo exterior, que esas cuatro paredes que los rodeaban dejaran escapar todo el sentimiento ocultado dentro de su corazón para así poder expandir todas esas raíces que habían sido limitadas por grandes columnas y paredes que rodeaban el jardín botánico.
Por otra parte, grandes movilizaciones de cajas iban y venían por todos los almacenes que tenía Plantesca, hasta que en un momento uno de los botánicos se dio cuenta de que ya era hora de abrir esas cajas para luego sembrar -en todos los alrededores de los árboles- grandes plantas que se distinguiesen por los diferentes colores y formas que poseían.
Una y otra planta salían del hueco en donde estaban encerrados para mirar, con detenida observación, la reacción que tomarían los árboles al ver sus delicadas y coloridas ramas que entrelazaban su bello tallo, dejando escapar flores rodeadas de grandes gotas de agua que salían como si fuesen lágrimas cayendo sobre mejillas. Pero entre tantas plantas que iban siendo sacadas de las cajas, se dejó caer una pequeña y marchitada semilla que tan sólo transmitía un olor desagradable para todos los allí presentes.
En ese instante, Ricardo Rojas, quien era uno de los botánicos encargados de cuidar las plantas, dijo:
-¡No puede ser!. ¿Cómo es posible que hayan dejado escapar una horripilante semilla?
En esto, uno de sus ayudantes la tomó del suelo en donde había caído y dijo lo siguiente:
-¡Déjala morir en paz!
Y la lanzó muy cerca, en donde estaba el viejo samán llamado Samú.
Con grandes rebotes la semilla fue cayendo hasta llegar a los alrededores de Samú, pero en ese instante unos grandes ojos se fueron abriendo y con ello un sonido muy cercano se iba escuchando, como si fuese un llanto, que no era más que el llanto de Limbo "la semilla rodante". Al momento de escuchar el llanto, Samú se despertó y le dijo:
-¿Qué te pasa?
-Nada, contestó Limbo
-¿Por qué lloras?, preguntó Samú
-Por nada, dijo Limbo
-Si no me dices, no puedo ayudarte a solucionar la razón de tu llanto, respondió Samú
-Es que...¡Estoy perdido!, dijo Limbo
-¿Perdido?, respondió Samú
-¿Cómo es eso que estás perdido?, ¿acaso te escapaste de tu casa? o ¿quieres huir de alguien?, ¡contéstame!, dijo angustiado Samú
-¡Ya!, no me has más preguntas, respondió desesperado Limbo
¡Está bien!, te dejaré solo hasta que quieras hablar conmigo, respondió silenciosamente Samú.
Entre llantos y gritos que rodeaban su conversación se escuchó un fuerte terremoto que estremeció a todos los árboles, plantas y personas que se encontraban en el jardín, dejando atónitas a todas las plantas y especimenes, en especial a Limbo; que no dejaba de ocultar su triste y miedosa mirada, acerca de lo que pasaba en ese momento.
A medida que transcurría el tiempo, grandes pedazos de cemento chocaban con las paredes de cristal del jardín botánico, dejando casi al descubierto los árboles y plantas que se encontraban allí. Este gran terremoto que se escuchaba se sentía no era más que la construcción de un edificio, muy cerca del lugar en donde se encontraba "La Plantesca".
Mientras esto ocurría, todos los árboles volteaban hacia todos los lados para no perderse nada de que lo estaba ocurriendo, pero en una esquina del jardines podía ver la tranquilidad con que tomaba Samú la situación, lo cual significó una gran incógnita para Limbo, quien lo observaba detenidamente.
Entretanto, todos los botánicos salían corriendo hacia la salida, escapando de los grandes pedazos de cemento que caían del cielo como estrellas fugaces, mientras que Limbo se acercaba cada vez más hacia donde estaba Samú y que, luego de llegar allá, le preguntó:
-¿Por qué no tienes miedo como los demás?.
En esto, se escuchó un silencio entre ellos hasta que Samú le respondió:
-¿Acaso crees que no he visto esto antes?, ¿piensas que tan sólo fui un árbol?
-No, no pienso eso. Es que te veo tan tranquilo, respondió Limbo
-No te creas. Yo he visto y vivido esto antes, o ¿acaso no crees que te vi a la hora que llegaste, bajándote de esa gran caja?, ¿no piensas en las otras personas?, dijo Samú.
-¿Qué personas?, respondió Samú
-El mundo exterior. Ese que te rodea y no lo sabes. Tú sabes muy bien por qué te lo digo o ¿acaso no es lo que te trajo aquí?, dijo Samú.
-¡Es verdad que eres un sabio! He tratado de ocultar y olvidar mi pasado, pero al verlos a ustedes aquí encerrados, trato de no pensar en ese mundo que me hizo tanto daño. Tú no sabes lo que es ser una semilla maltratada por todo el mundo e, inclusive, por los árboles que se encuentran aquí, queriendo comerte los ojos y miradas penetrantes. Tú no sabes eso...
-Claro que lo sé, porque yo fui una semilla como tú, pero con la única diferencia de que yo no he desconfiado de mí mismo, de mis acciones y no le he prestado atención a las demás personas, dijo con firmeza Samú.
-¡Así que tú también fuiste una semilla como yo!, pero ¿qué puedo hacer yo para no caer como otros y superarme asó como tú?, dijo Limbo.
-La respuesta está detrás de ti. ¡Tú puedes hacerlo!, anda conviértete en un frondoso árbol y déjanos escapar a todos. ¡Líbranos de estas cadenas!, respondió.
-Está bien. Lo haré, respondió Limbo.
En eso un pequeño brillo de Limbo fue creciendo más y más, hasta ir convirtiéndose en un gran árbol, casi del mismo tamaño de Samú. A su vez iban creciendo sus largas ramas y frutos, que se entrelazaban cada vez más con las enormes raíces que salían del suelo hasta que, en su momento, los cristales de las paredes se desprendieron como relámpagos de hielo, dejando así libres a todas las plantas y árboles existentes en ese lugar que, hasta ahora, se llamaba "La Plantesca".
Luego de esto, muchos de los árboles no dejaban de felicitar a Limbo por la labor que hizo, pero uno de ellos -quizá el más importante para él- lloraba en una esquina con desesperación, éste no era otro que Samú. Limbo, al observarlo, se arrastró hasta llegar a él y decirle lo siguiente:
-¿Por qué lloras?
-Lloro de felicidad por lo que has hecho. He visto que has triunfado y espero que sigas con esa misma labor que yo no pude hacer, dijo Samú.
-¿Qué te está pasando Samú?, dijo Limbo, al observar que Samú se le desprendían hojas y raíces por todos lados.
-Es hora de irme. Ya no tengo más nada que hacer aquí, pero quiero pedirte una cosa, dijo Samú.
-¿Qué cosa?, respondió Limbo.
-Quiero que siempre trates de concienciar a los demás seres vivos sobre lo bello de la naturaleza; sobre lo bello que es cuidar y sobre lo bello que es proteger a los seres que nos rodean. Protege a todos los árboles. No dejes perder la esencia de la vida vegetal en el mundo exterior, respondió agónico, Samú.
-Está bien, lo haré Samú. Te lo prometo, dijo llorando Limbo.
-Gracias, Limbo. ¡Ah! y no olvides que tu esencia es la esencia de todas las plantas, dijo Samú acabando de morir.
-¡Adiós!, Samú, ¡Adiós!.

Javier González
2º año "A" de Ciencias
1er lugar del Ciclo Diversificado